Los dálmatas lo llaman fjaka, un estado de embriagadora pereza que impide atender las obligaciones más elementales. Bajo su influjo, cualquier asunto de provecho se convierte en una maraña innecesaria. La fjaka sólo admite las gratificaciones sencillas e inmediatas. En consecuencia, cualquier placer revestido por el barniz de la culpa o la presunción del desengaño habrá de ser rechazado. 

El joven matrimonio había tomado posesión de la casa la noche anterior, sin necesidad de cruzar una sola palabra con la dueña, una señora que les había dejado una nota de bienvenida bajo el felpudo y que firmaba con el nombre de Zdenka. Tras algunas frases de cortesía, la nota les señalaba el lugar exacto donde podían encontrar las llaves. No les fue difícil abrir la jaula para periquitos y hacerse con la pequeña argolla que las engarzaba. La casa disponía de una inmejorable vista del archipiélago y tenía esa sencillez que tanto deseaban. Kukljica, un lugar apartado en la isla de Ugljan, a unos veinte minutos en ferry desde la costa de Zadar; no habían deshecho las maletas todavía y hasta el detalle más insignificante les resultaba memorable. 

Confirmaron de un vistazo que su nueva residencia carecía de las comodidades ilusorias que tanto complican la existencia en la gran ciudad y brindaron con un par de botellas de cerveza que Zdenka había dejado enfriando en la nevera. Tras el beso de rigor, se felicitaron por los días inolvidables que estaban por llegar. 

A la mañana siguiente, Miguel observaba a Sara bajo la sombra de los pinos que circundaban la pequeña ensenada. Se sonrió al pensar que aquél sería su primer baño del verano. Un verano que ya daba sus últimos coletazos –mediaba septiembre– y que había pasado con dolor de cuello desde principios de julio. El aire acondicionado de la oficina lo había fustigado con su chorro helado cada jornada, desde primera hora de la mañana; todo ello sin hablar de su cabeza, empapada tantas veces por culpa del agua que se derramaba a través del conducto destinado a contener la condensación. El enfriamiento le había causado dolores constantes que no remitieron por más que elevara su habitual dosis de analgésicos. Pero no podía permitirse acudir al médico como un enfermo cualquiera. Si quería optar al bonus del tercer trimestre debía exigirse un esfuerzo suplementario.

–¿Me acercas el agua? –le preguntó su esposa.

El hombre abandonó la sombra fresca de los pinos. Su decisión era firme: no tomaría el sol hasta que se sintiese completamente aclimatado a la isla, de modo que comenzaría aquellas vacaciones con pies de plomo. Tal vez ni siquiera se diera un baño. Aún hay tiempo, se decía, confiado por el ritmo lento de la vida en la isla, que lo había sobrecogido desde su llegada. Por ahora le bastaba con observar la piel de su esposa bajo el sol. La meseta firme del abdomen, las dunas sedosas de los senos o el milagro puntiagudo de las rodillas, mientras la brisa dibujaba caricias invisibles sobre su piel, que se erizaba delicadamente. El hombre le tendió la botella y la mujer le sonrió. Ambos presentían que la soledad de la bahía los protegía de miradas indiscretas. Si el deseo les hubiese alcanzado, habrían hecho el amor en aquel mismo instante. 

–¿Te parece que cenemos en ese sitio del que te hablé? Ofrecen lo que hayan pescado durante el día. Sin florituras. Ni siquiera tienen carta.

–Me parece una idea estupenda. Con una buena botella de Karlovačko. Bebería a litros esa cerveza.

La mujer saltó desde la plataforma. Después de dar algunas brazadas se dejó mecer por la suave corriente. Así se alejó algunos metros, perseguida por la mirada de su esposo, que volvió a buscar cobijo bajo la sombra de los pinos. 

Un inesperado bañista se silueteó entonces a lo lejos, a unos cien metros, cerca de las primeras boyas. Su abundante pelo canoso y su larga barba eran distinguibles aún en la distancia. Un marino, se dijo Miguel, quizá uno de esos viejos lobos de mar dados a inventar historias para que los ingenuos se queden con la boca abierta. Sintió que aquella silueta representaba una intolerable intromisión en su soledad, pero su gesto contrariado se fue disipando despaciosamente. En realidad, eran él y su esposa los verdaderos invasores de aquella bahía; eran ellos quienes debían agradecer la hospitalidad de la isla y de sus gentes, entre las que habrían de incluir, por fuerza, a aquel viejo timonel que chapoteaba junto a las boyas. 

Su esposa preguntó por el sombrero de paja. Él reprimió un gesto de fastidio y abandonó su remanso de sombra una vez más. Se tenía por un buen esposo, servicial y comprensivo. No quiso alertar a Sara de que tenían compañía y se sintió tremendamente generoso por guardar aquel secreto. Ella tendió la toalla. Volvió a tumbarse. Saboreó un par de higos que había recogido de camino hacia la playa y luego protegió sus ojos bajo el sombrero; mientras tanto, él volvió a la novela que había comprado en el aeropuerto. Una historia condimentada en exceso que trataba de ocultar una trama sin demasiado fuste. 

–Es la última vez que hago caso de las recomendaciones de tu hermana. 

–Ya volvió el gruñón. ¿Y por qué no dejas el libro sin más?

–Porque quiero darle buenas razones para demostrarle su pésimo gusto. 

–¿Estás tomando apuntes? Te lo tomas como algo personal.

–Con tu hermana todo es personal. Desde el mismo día que nos presentaste. Por ser la mayor se cree con derecho a tratarme con su falsa condescendencia.

Miguel habría dado cuenta de cada desplante, reproche o salida de tono que respaldaba aquellas palabras. Habría vuelto a aburrir a su esposa con las mismas anécdotas de siempre de no ser porque el bañista, de forma inexplicable, había desaparecido en el horizonte. En su lugar, un par de gaviotas revoloteaban ahora alrededor de las boyas. Tal vez esté buceando, se dijo. Las personas que viven junto al mar suelen ser espléndidos nadadores, y aunque conocen mejor que nadie sus verdaderos peligros, prefieren rechazar las cautelas innecesarias de quienes vivimos en las tierras del interior. Pronto volverá a la superficie para coger aire, quizá con una bella concha entre las manos o cualquier otro tesoro rescatado de las profundidades del Adriático. 

–Sara, soy un estúpido afortunado. 

–¿Y eso a qué viene?

–Porque no es necesario esperar al verano para que pueda disfrutar contemplando tu cuerpo como lo estoy haciendo ahora.

–Me preocupan tantos halagos. O estás a punto de pedirme un favor o vas confesarme algo imperdonable. 

No era ni una cosa ni la otra. Simplemente quería ganar la atención de su esposa y así dar algo de tiempo al viejo marino, que seguía sin dar señales de vida. 

Porque Miguel presentía un final trágico. Repasó mentalmente todas las amenazas que podían haberse concitado, desde las más comunes a las menos probables. Su trabajo en la aseguradora había hecho estragos en su carácter, que ya sólo era capaz encarar la realidad mediante interminables estadísticas y cálculos de probabilidades. Sin embargo, hasta donde él sabía el panorama estaba lleno de atenuantes. El mar estaba en calma. El agua era cristalina. Era imposible que nada de lo que se le pasaba por la cabeza pudiese haber ocurrido. 

–Deberías de darte un baño. El agua está buenísima. 

–Quizás más tarde.

–Ya me conozco yo tus quizás. ¿De verdad que hemos hecho un viaje tan largo para que te quedes ahí sentado?

–Aclimatarse al paraíso también es necesario, y yo me he pasado el verano enclaustrado en esa oficina infernal. 

En lo referente al bañista, le inquietaba que sus cálculos se basasen en vagas estimaciones. Eran muchas las variables que desconocía. ¿Cuál era realmente la fauna marina del litoral? Hasta donde él sabía, lo más habitual eran medusas, congrios, morenas o anémonas. Conocía casos de personas que habían sufrido percances con esas criaturas, y aunque sus efectos son ciertamente dolorosos, estaba convencido de que no resultarían mortales. Por otra parte, era absurdo pensar en depredadores de mayor tamaño tan cerca de la costa. Descartó también un infarto. El intenso dolor en el brazo que los antecede habría dado tiempo quizá al viejo marino para salir del agua. Algo se le escapaba. Quizá algo tan absurdo que resultaba del todo imposible imaginarlo.   

En cualquier caso, transcurridos unos minutos desde la desaparición del bañista, Miguel estaba convencido de que era imposible que siguiera con vida. Más y más gaviotas se agolpaban ahora junto a la boya, como testigos morbosos a la espera de carroña. O aquel viejo era un portento de la apnea libre, o su cuerpo emergería en breve a la superficie para ser arrastrado a la deriva. Su mayor consuelo era que Sara seguía tumbada, protegida del sol con el ala del sombrero y una ancha sonrisa de satisfacción en los labios. 

Miguel continuó con sus cálculos. Contó las horas extras que tuvo que acumular a sus espaldas para poder costear aquel viaje. La falta de gratitud de sus superiores, las penurias del metro en hora punta, el filo dentado del aire acondicionado sobre su cogote o esa sensación de asfixia en el pecho, bajo la luz mortecina de los fluorescentes; eran solo algunos ejemplos que evidenciaban el verdadero coste de aquellos días en un paraíso que parecía agrietarse. En caso de cumplir con sus obligaciones como buen ciudadano y de dar parte a las autoridades, Sara y él tendrían que hacer frente a un buen número de complicaciones que alejarían, tal vez para siempre, esa paz que venían buscando. Además, qué importancia tenía ya lo que él hiciese si aquel hombre estaba muerto… Así como los seres humanos son un elemento extraño dentro del hábitat marino, él no era más que una anomalía dentro de aquella isla. Que él y su esposa estuvieran allí, y en aquel justo momento, suponía una casualidad que desafiaba toda lógica. Nadie tenía derecho, por tanto, a recriminarle que no hubiera hecho nada por evitar la tragedia. Se mirase como se mirase, en lo concerniente a la estadística más elemental, él ni siquiera estaba allí.

La intervención frustrada de un tercero, en caso de accidente, tampoco suponía ninguna ventaja para los intereses de la familia del finado. Miguel conocía la política de las aseguradoras. De hecho, su trabajo consistía en buscar excusas para dejar sin blanca a quienes fueran atropellados por la desgracia. Cualquier elemento que crease la menor distorsión en el momento fatídico serviría de pretexto para que los abogados de las compañías echasen la culpa de todo al buen samaritano. Por lo que concluyó que, en realidad, le hacía un gran favor a mucha gente si se quedaba allí sentado.

Volvió a sentirse destemplado. Tal vez la fjaka no era más que un cuento para atraer a los turistas; un estado de abandono impronunciable, donde la pereza adquiere una sofisticación inaudita, rayana en lo catatónico. El gozo absoluto de la dulce molicie. Se cubrió los hombros con una toalla y apartó la mirada del horizonte. 

Los brazos del bañista se agitaron entonces detrás de la segunda boya, que lo había mantenido oculto durante aquel tiempo. Lanzaba sardinas podridas al aire para que las gaviotas las atrapasen al vuelo. Cuando se deshizo de la última, trepó las rocas con extraordinario brío y desapareció nuevamente entre el follaje. 

Sara dejó a un lado el sombrero de paja y volvió a saltar al agua.  

–No sabes lo que te pierdes. La temperatura es ideal.

Pero Miguel no respondió. Andaba atareado, añadiendo notas a los márgenes de aquella tediosa novela.  

©Julio Fuentes González, 2020

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